El Padre Nieto, venerable
Fue proclamado venerable por el papa Francisco en 2019

El reconocimiento de las virtudes heroicas
El Papa Francisco autorizó el 12 de febrero de 2019 la promulgación del decreto por el que se reconocen las virtudes heroicas del Padre Nieto. Con este reconocimiento, el jesuita salmantino recibió oficialmente el título de Venerable, un importante paso en el proceso de su causa de canonización.
Un riguroso proceso eclesial
La declaración de Venerable llega después de un largo y riguroso procedimiento llevado a cabo por el Dicasterio para las Causas de los Santos. Una vez elaborada y presentada la «positio», documento que recoge de manera exhaustiva la vida, virtudes y fama de santidad del candidato, esta fue estudiada por una comisión de nueve teólogos. Tras emitir un parecer favorable, la causa pasó al examen de los cardenales y obispos miembros de la Congregación para las Causas de los Santos. Concluido positivamente este proceso, el prefecto presentó la causa al Santo Padre, quien autorizó la promulgación del decreto de reconocimiento de virtudes heroicas.
La Iglesia reconoce con este decreto que el Padre García Nieto vivió de manera extraordinaria las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, así como las virtudes cardinales de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Desde ese momento pasó a ser denominado oficialmente Venerable Siervo de Dios Manuel García Nieto.
Hacia la beatificación
La proclamación de Manuel García Nieto como Venerable constituye, por tanto, un reconocimiento eclesial de la ejemplaridad de su vida sacerdotal y de su testimonio de santidad, manteniendo viva la esperanza de quienes continúan encomendándose a su intercesión.
El siguiente paso para avanzar hacia la beatificación es el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión y ocurrido después de su muerte.
A continuación se ofrece íntegramente el decreto sobre las virtudes:
SANTANDER
Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Manuel García Nieto, sacerdote profeso de la Compañía de Jesús (1894-1974)
DECRETO SOBRE LAS VIRTUDES
«Dichosos los que siguen un camino intachable, los que caminan según la ley del Señor. Dichosos los que guardan sus preceptos y lo buscan de todo corazón» (Sal 119, 1-2).
La búsqueda del rostro del Señor, cantada por el Sabio de Israel, marcó toda la vida y el itinerario espiritual del Siervo de Dios Manuel García Nieto. Fiel servidor del Reino, se entregó por entero al ministerio sacerdotal y recorrió el camino de perfección trazado por el Evangelio.
El Siervo de Dios nació el 5 de abril de 1894 en Macotera, cerca de Salamanca, siendo el menor de nueve hermanos. Dos días después recibió el bautismo. Su familia, profundamente religiosa, le proporcionó una sólida formación humana y cristiana.
Su infancia estuvo marcada por grandes sufrimientos. Una grave enfermedad le llevó casi al borde de la muerte y, cuando aún no había cumplido los tres años, perdió a su padre. Posteriormente, su madre contrajo un nuevo matrimonio, sin que ello supusiera dificultad alguna ni para él ni para sus hermanos.
Cursó sus primeros estudios con las Hermanas de la Caridad, que también regentaban el hospital, y posteriormente asistió a la escuela pública. Fue entonces cuando comenzó a percibir los primeros signos de su vocación sacerdotal.
En 1908 ingresó en el Seminario de Salamanca, donde ya le había precedido uno de sus hermanos, que recibiría la ordenación sacerdotal en 1911. El Siervo de Dios comenzó sus estudios teológicos en 1915. Mientras se entregaba a su formación, sufrió también la pérdida de su madre. Esta nueva pérdida dejó una profunda huella en el ánimo del joven Manuel.
Concluido su período de formación, el 16 de mayo de 1920 recibió la ordenación sacerdotal.
Comenzó su ministerio pastoral como vicario parroquial en la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, en Cantalapiedra. Poco después fue nombrado párroco de la iglesia de la Asunción, en el pequeño pueblo de Santa María de Sando.
Pronto destacó por su capacidad y diligencia, unidas a una profunda humildad y a una singular disposición para escuchar las necesidades de las personas. Gracias a ello, muchos fieles que se habían alejado de la Iglesia pudieron, con su ayuda, reencontrarse con la fe y vivir una nueva experiencia cristiana.
Sin embargo, el padre Manuel no se sentía plenamente satisfecho con aquella forma de vida. Fue madurando entonces en su interior el deseo de ingresar en la Compañía de Jesús, que conocía bien, pues los padres de dicha Compañía dirigían con frecuencia los ejercicios espirituales de los seminaristas.
Por este motivo, en 1926, sin demora, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Carrión de los Condes y, poco después, fue destinado a Salamanca.
Durante aquel período, su vida espiritual, marcada por la humildad, la oración y el espíritu de mortificación, causó una profunda impresión tanto en sus superiores como en sus compañeros.
El Siervo de Dios emitió sus votos en 1928 y posteriormente fue enviado a Oña, cerca de Burgos, para ejercer como director espiritual en el seminario menor de Comillas, en Cantabria.
En aquellos años, el Siervo de Dios tuvo que afrontar por primera vez diversas dificultades derivadas de la proclamación de la Segunda República española en 1931, cuyo nuevo régimen decretó la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús del país.
El padre Manuel permaneció en Santander, llevando una vida prácticamente clandestina. En 1937, al recrudecerse la Guerra Civil, tuvo que refugiarse en Bilbao, en el País Vasco. El 2 de febrero de aquel mismo año emitió sus votos religiosos perpetuos.
Una vez cambiaron las circunstancias de la guerra, los padres de la Compañía de Jesús pudieron regresar nuevamente a España. El Siervo de Dios volvió a Comillas, donde continuó su labor desempeñando nuevas responsabilidades. Fue nombrado rector de las Congregaciones Marianas y ejerció también como confesor y profesor.
En 1961 predicó los ejercicios espirituales a un grupo de obispos españoles.
El padre Manuel acogió las enseñanzas del Concilio Vaticano II (1962-1965) con gran confianza y casi con entusiasmo. Sin embargo, sufrió ante algunas de las dificultades que surgieron poco después del Concilio, especialmente ante la creciente pérdida del sentido religioso en la sociedad y el grave descenso de las vocaciones religiosas y sacerdotales.
Durante los últimos años de su vida, el Siervo de Dios se entregó con particular intensidad a la oración y al ministerio, a pesar de que sus fuerzas iban debilitándose progresivamente.
A lo largo de toda su existencia permaneció siempre dócil a la acción de la gracia. Vivió su consagración sacerdotal con sumo celo y supo unir una profunda vida espiritual con un apostolado extraordinariamente activo, en medio de unas circunstancias históricas muy cambiantes y de dolorosas divisiones.
Ejerció continuamente su ministerio sacerdotal como expresión de su amor a Dios y de su solicitud por las almas.
Practicó de manera heroica las virtudes cristianas. En la vida cotidiana cultivó con coherencia y perfección la humildad interior, la rectitud, la constancia, la serenidad y la alegría.
Fue grande su amor a la Eucaristía, manifestado particularmente en la devota celebración de la Santa Misa. También profesó una profunda devoción a la Madre de Dios.
Vivió con una gran confianza en Dios. Aunque era extraordinariamente activo y diligente, todo lo esperaba de Él y ponía en Él toda su confianza. Permaneció atento a los signos de su tiempo, descubriendo en cada circunstancia, incluso en las más difíciles y dolorosas, la voluntad de Dios que se iba manifestando.
Ayudó a los necesitados de manera especial y por todos los medios a su alcance, hasta el punto de que los habitantes de Comillas llegaron a llamarlo «el padre de los pobres».
Después de haber entregado su vida por la Iglesia y por el mundo, el padre Manuel murió piadosamente el 13 de abril de 1974, Sábado Santo.
Mientras perduraba su fama de santidad, desde el 16 de octubre de 1990 hasta el 18 de diciembre de 2000 se llevó a cabo, ante el Tribunal Eclesiástico de Santander, la investigación diocesana. La validez jurídica de esta investigación fue aprobada por la Congregación para las Causas de los Santos mediante decreto de 8 de marzo de 2002.
Una vez elaborada la Positio, se examinó, conforme a las normas establecidas, si el Siervo de Dios había ejercido las virtudes de manera heroica.
Con resultado favorable, el 3 de noviembre de 2016 tuvo lugar el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos.
Los cardenales y obispos, reunidos en Sesión Ordinaria bajo la presidencia del entonces prefecto, el cardenal Angelo Becciu, declararon que el Siervo de Dios había ejercido de manera heroica las virtudes teologales y cardinales, así como las virtudes vinculadas a ellas.
Finalmente, después de que el cardenal prefecto presentara al Sumo Pontífice Francisco un informe detallado sobre todos estos extremos, Su Santidad, acogiendo y aprobando el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, declaró:
«Que consta de las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad, tanto para con Dios como para con el prójimo, así como de las virtudes cardinales de la Prudencia, la Justicia, la Templanza y la Fortaleza, y de las virtudes anejas a ellas, en grado heroico, del Siervo de Dios Manuel García Nieto, sacerdote profeso de la Compañía de Jesús, para el caso y a los efectos de que se trata».
El Sumo Pontífice ordenó que este decreto se hiciera público y que se incorporara a las actas de la Congregación para las Causas de los Santos.
Dado en Roma, el 12 de febrero del año del Señor 2019.
Angelo Card. Becciu
Prefecto
Mons. Marcelo Bartolucci
Arzobispo titular de Mevania
Secretario