2. Hacia el altar de Dios
Los cimientos de su vocación sacerdotal

Los años de seminario
A los catorce años, Manuel García Nieto dio el primer paso hacia el sacerdocio. Su madre, preocupada por su frágil salud y por quedarse sola, tardó en autorizar su ingreso en el Seminario. Finalmente comenzó los estudios como alumno libre, preparándose en Macotera bajo la dirección de don Ruperto Bueno, antiguo profesor de Instituto. Al año siguiente ingresó como interno en el Seminario de Salamanca.
Allí entró en contacto con los jesuitas que dirigían el centro y descubrió la espiritualidad ignaciana a través de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Entre sus profesores se encontraba el padre Olegario Corral, quien años más tarde tendría una influencia decisiva en su vocación jesuítica. Aunque los jesuitas dejaron pronto la dirección del Seminario, su formación siguió marcada por aquel espíritu, transmitido también por muchos de los nuevos formadores.
Su aplicación al estudio fue constante. Obtuvo un brillante expediente académico y pronto recibió la confianza de sus superiores, que le encomendaron diversas responsabilidades dentro de la comunidad. Sus compañeros recordaban su ejemplar conducta y su profundo sentido del deber.
Una vida centrada en la Eucaristía
Durante los años de formación, Manuel fue consolidando una intensa vida interior. En las vacaciones seguía asistiendo diariamente a la Santa Misa, dedicaba largos ratos a la oración ante el Sagrario y colaboraba en la catequesis parroquial. Aunque era un joven alegre y cercano, nunca descuidó su trato con Dios.
Él mismo reconocería que, en algún momento del Seminario, las conversaciones superficiales de algunos compañeros enfriaron ligeramente su fervor. Sin embargo, reaccionó pronto y decidió intensificar su vida de oración, haciendo varias visitas diarias al Santísimo. La Eucaristía se convirtió definitivamente en el centro de su existencia.
Durante estos años fallecieron primero una de sus hermanas y, más tarde, su madre. Vivió esta pérdida con una profunda esperanza cristiana, convencido de que ella había alcanzado el cielo. Aquella experiencia reforzó todavía más su deseo de vivir únicamente para Dios.
El sueño hecho realidad
Tras recibir las órdenes menores, el subdiaconado y el diaconado, llegó el momento más esperado. El 16 de mayo de 1920 fue ordenado sacerdote en la catedral de Salamanca. Para él comenzaba una nueva vida, plenamente entregada a Cristo.
Diez días después celebró su primera Misa en la iglesia parroquial de San Miguel de Peñaranda. Aquella jornada, vivida con gran solemnidad y alegría junto a familiares, amigos y fieles, marcó el inicio de un ministerio sacerdotal que estaría profundamente arraigado en la oración, la Eucaristía y el deseo constante de conducir las almas hacia Dios.