1. Íntima unión con Dios
Una existencia sostenida por la oración

El hombre del Sagrario
La oración fue el eje de toda la vida del Padre Nieto. Más que una práctica concreta, constituyó un diálogo continuo con Dios que impregnaba cada momento de su existencia. Aunque resulta imposible saber cuántas horas dedicó a la oración, todos los testimonios coinciden en señalar una misma realidad: pasaba largos ratos ante Jesús Sacramentado. Su oración tenía un nombre propio: vida de Sagrario.
Quienes le buscaban sabían que, si no estaba atendiendo a alguien o realizando algún servicio, probablemente se encontraba en la capilla. Allí permanecía durante horas, muchas veces de rodillas, absorto en la presencia de Cristo. Seminaristas, sacerdotes y compañeros jesuitas conservaron el recuerdo de aquellas prolongadas estancias ante el Sagrario, que parecían desafiar los límites humanos y revelaban la profundidad de su vida interior.
La Eucaristía, centro de su vida espiritual
La Eucaristía ocupaba un lugar absolutamente central en su oración. Vivía la presencia real de Cristo con tal intensidad que hablaba del Sagrario como «el cielo en la tierra». Decía que no cambiaría media hora de adoración por nada del mundo y confesaba que se sentía vacío cuando no podía visitar al Santísimo.
Su amor a la Eucaristía se prolongaba naturalmente en la Santa Misa, corazón de su sacerdocio. La celebraba con extraordinario recogimiento, dedicando amplios tiempos a la preparación y a la acción de gracias. Para él, el sacerdote alcanzaba su máxima grandeza cuando se unía al sacrificio redentor de Cristo en el altar. Toda su vida parecía orientada hacia ese encuentro diario con el Señor.
Dios Padre, la Trinidad y el amor a Cristo
La oración del Padre Nieto giraba también en torno a algunas grandes verdades que meditó durante toda su vida. La primera era la paternidad de Dios. Inspirado por los Ejercicios de san Ignacio, contemplaba incesantemente a Dios como Padre amoroso y providente.
Junto a ello, cultivó una profunda devoción a la Santísima Trinidad, cuya acción veía constantemente presente en el alma. Pero el centro afectivo de toda su espiritualidad era Jesucristo. Deseaba conocerle, amarle e imitarle en todo. La contemplación de la Pasión y el deseo de identificarse con Cristo crucificado alimentaban su vida interior y su afán de santidad.
Muchos de quienes le trataron llegaron a la convicción de que su oración alcanzó dimensiones auténticamente místicas. Sea cual fuere el juicio sobre esas experiencias, todos coincidían en algo esencial: el Padre Nieto vivía profundamente unido a Dios y transmitía a cuantos le rodeaban el deseo de buscarle y amarle más.