1. Los últimos días del Padre Nieto
El testimonio de una muerte santa

La enfermedad y la fidelidad a su ministerio
El día 8 de marzo, el P. Nieto cogió un catarro muy fuerte. Él mismo se quedó sorprendido porque era muy poco propenso a los catarros. A pesar de la medicación, tardó en reaccionar y no logró recuperarse plenamente de la gripe.
Habían anunciado su llegada a Comillas, para mediados de mes, dos seminaristas teólogos de Valladolid para hacer los ejercicios espirituales antes de las Órdenes, y el P. Nieto se había comprometido a orientarles. Estuvo a punto de decirles que no vinieran, pero ya que no les había dicho nada, no quiso dejarles solos y que se arreglasen por su cuenta.
Llegaron el día 15 por la tarde y esa misma noche, en la capilla de la enfermería, les dio las primeras orientaciones. Día tras día les iba adentrando en los Ejercicios. La bronquitis le molestaba bastante, aunque con el tratamiento fue mejorando. El último día de los Ejercicios, el 21, se acentuó el proceso, y el H. Enfermero, H. Herreras, creyó más conveniente que interrumpiese los ejercicios y que no bajase de la enfermería.
—¿Cómo les voy a dejar ahora —decía el P. Nieto— sin la meditación de la resurrección del Señor y más con las ideas que corren poniendo en duda el gran misterio de nuestra fe? Sin la resurrección de Cristo, vana es nuestra fe, como dice San Pablo, y nosotros somos los hombres más miserables.
Ante la insistencia, tanto del H. Enfermero como mía, accedió, y añadía:
—Si no tenía que haberlos comenzado, pero una vez que no les había avisado, no les podía dejar solos, aunque, en estas circunstancias, para mí es veneno el hablar.
Además, le dije yo, que Vd. habla como si tuviera toda una capilla llena. Efectivamente, a pesar de ser dos, a veces se oía en el tránsito su voz enérgica e inconfundible.
—Yo soy así —reconocía el P. Nieto— y no lo puedo remediar; ya dice el refrán: genio y figura hasta la sepultura.
Subió a la enfermería. A última hora quiso despedirse de los dos ejercitantes y, como en esos momentos ya se encontraba mejor, el H. Enfermero le permitió que les hablase un ratillo. Subieron a la enfermería y allí, en la capilla, estuvo con ellos hablándoles de la resurrección del Señor durante tres cuartos de hora.
Con esta meditación concluía su última tanda de ejercicios. Hacía ya varios años que no daba tandas de ejercicios a grupos, pero era frecuente ver por su cuarto a sacerdotes y religiosos que estaban haciendo ejercicios con el P. Nieto personalmente. El último verano y comienzo del otoño estuvo dando ejercicios casi sin interrupción, y a veces, antes de acabar uno, ya había otro u otros. Todos sacaban la impresión de que no eran unos ejercicios más y daban muchas gracias a Dios porque se habían encontrado con un santo.
Los dos últimos ejercitantes acababan con la misma impresión:
—El P. Nieto es algo único, es un hombre de Dios, un santo que contagia el amor a Jesucristo y que le pone a uno en contacto con Dios.
Los días siguientes mejoró bastante. Un día, al salir de la capilla, acabada la oración comunitaria, y mientras nos dirigíamos al comedor, me dijo:
—Esto va bien, yo creo que ya está vencido.
El día 27 le llevamos a Santander para que le viese el médico que le había tratado otras veces, el Dr. Lamelas. Como la última vez le había mandado internar en Valdecilla, al acercarnos a Santander, el P. Nieto nos decía al H. Enfermero y a mí:
—Hay que decirle al médico que no me deje en Valdecilla; si él dice que sí, hay que ver la manera de disuadirle.
Le dijimos que eso era cosa del médico y que, si él veía que convenía que se quedase en Santander, habría que hacerlo. El P. Nieto se resignaba, pero dejaba caer de nuevo su deseo de que había que convencerle de que no.
El médico le encontró bien, no vio nada alarmante y no sugirió la conveniencia de que se quedase en Valdecilla.
A la vuelta, el P. Nieto venía animado, con ganas de hablar, y gran parte del tiempo llevó la iniciativa de la conversación. Tomó pie de un cigarrillo para hablarnos de la importancia de privarse de las satisfacciones terrenas para estar más cerca de Dios. Nosotros nos metíamos con él y le decíamos que un cigarrillo ni va ni viene y que, además, algún gustillo hay que concederle al cuerpo. Él se reía y cogía nuestras bromas, pero nos insistía:
—Lo que pasa es que no lo entendemos; nos fijamos en lo que cuesta y no nos fijamos en la alegría y el gozo de sacrificarnos por el Señor. Si nos fijamos en esto, entonces es más el gozo que el sacrificio. Una madre que tiene a su hijo enfermo no se aparta de su lado ni de día ni de noche; sufre, se cansa, pero goza de estar con él porque le quiere. Eso nos pasa a nosotros si amamos a Cristo.
Naturalmente salió el tema de la oración, y nos decía que orar es sencillo:
—Yo llego a la capilla y empiezo a hablar con Jesucristo, con el Espíritu Santo, con el Padre.
En ese ambiente de humor en el que se iba desarrollando la conversación, le preguntamos cuánto tiempo empleaba él en ese coloquio inicial hablando con la Santísima Trinidad, ¿diez minutos?
—Todo el tiempo de la oración, carísimo —contestó instantáneamente.
Al decirle que a veces cuesta levantarse por las mañanas para ser puntual a la oración, nos decía:
—En esos momentos hay que pensar que Cristo te dice: «Levántate», y el demonio: «No te levantes»; a ver a quién haces caso.
Y añadía:
—En todas nuestras obras están presentes las dos banderas de la meditación de San Ignacio: Cristo que te invita a seguirle aunque cueste, y el demonio que te quiere llevar por lo fácil, alejándote de Cristo.
El P. Nieto hablaba con el entusiasmo de siempre. En más de una ocasión le dijimos que estaba hablando demasiado y que no debía esforzarse. Se callaba, pero, a la menor ocasión, metía de nuevo baza. Cuando le hacíamos caer en la cuenta de esto, él se reía, pero al poco tiempo ya estaba de nuevo hablando y con energía.
Por fin, ante nuestra insistencia de que no debía fatigarse, decidió callar totalmente y nos dijo que iba a hablar un poco con el Señor. Le dijimos que podíamos acompañarle y rezar el rosario. Asintió con mucho gusto; yo creo que era lo que estaba esperando, y pronto se olvidó de que iba a estar callado, pues rezaba con todo entusiasmo, con su voz fuerte que sobresalía sobre el ruido del motor, sin acordarse de que no iba a hacer esfuerzos.
Fue un viaje inolvidable. El camino se hizo muy corto, predominó el humor y las palabras del P. Nieto estaban muy lejos de sonar a sermón. Fue tan agradable que nos comprometimos a salir los tres otro día a dar una vuelta en coche y «así podía acabar de convertirnos a los dos». Ante estas últimas palabras, el P. Nieto se reía con aquella sonrisa que iluminaba su figura, pero caía en la cuenta de que sus palabras no eran inútiles.
La recuperación y sus últimas enseñanzas
Los días siguientes continuó la mejoría, aunque la inapetencia no desaparecía. El sábado día 30 el P. Nieto decayó bastante. El H. Enfermero ya se había despedido del P. Nieto para ir a Santander a acompañar, como otros sábados, al P. Ministro que se encontraba en la clínica. Ante el estado del P. Nieto creímos preferible que se quedase en Comillas.
Cuando subió a la enfermería y le vio el P. Nieto, le preguntó:
—¿Pero no iba a ir a Santander…?
—Sí —le contestó—, pero he cambiado de idea y me voy a quedar en Comillas porque el P. Ministro ya se puede arreglar solo.
Tanto esta evasiva para que el P. Nieto le dijese:
—Carísimo, si no estoy bien, dígamelo porque yo quiero recibir a tiempo los sacramentos.
El día 31 mejoró un poco, pero el día 1 volvió a decaer, y entonces pensamos en la conveniencia de que recibiese la Unción de los Enfermos y el Viático.
Mientras esperaba la llegada del médico pude estar un largo rato con el P. Nieto. Estaba sentado en el sillón, sin ganas de hablar, adormilado y al parecer sin fuerzas y sin pensar en nada. Pero al momento parecía otro: se incorporó un poco, cogió el crucifijo, lo besó y le decía:
—Señor, ¿por qué te dejan tantos sacerdotes? ¿Qué no han encontrado en ti? ¿Qué van buscando en otra parte? ¿Qué pueden encontrar en otro lado mejor que a ti?
A continuación, hablando conmigo, me decía que lo que hoy más necesita la Iglesia, lo que más necesita la Compañía, lo que más necesitan los sacerdotes es vivir muy unidos a Cristo; para hablar a los hombres de Dios, hay que hablar mucho con Dios primero.
—Ahora que nos estamos preparando para la Congregación General —añadía— tenemos que insistir mucho en esto; pero si falta la oración, si no hay unión con Cristo, todo lo demás es inútil; en esto tiene que insistir mucho la Congregación General.
Después volvía a adormilarse de nuevo.
Llegó el médico a última hora de la mañana. Le encontró menos mal de lo que temíamos. No había nada alarmante; desde luego no había peligro inmediato y era muy posible que se recuperase de la gripe, aunque el proceso tenía que ser lento. Naturalmente que, dados sus antecedentes y en concreto el estado de su corazón, siempre había peligro.
Ante la pregunta de si sería conveniente llevarle a Valdecilla, nos dijo que no había razón, ya que se estaba haciendo todo lo que se podía hacer; lo único que habría que hacer era repetir de nuevo los análisis para ver si había algo nuevo.
Hablé con el P. Nieto de lo que había dicho el médico y le indiqué que podía recibir la Unción de los Enfermos. Me dijo que con mucho gusto y que lo que deseaba es que fuera en la capilla. Después le dije que no tenía que pensar sólo en el cielo, que había que seguir poniendo los medios para recuperar la salud y que el Sacramento de la Unción también era para ayudar al organismo a recuperarse; y que el P. Hernández había dicho muchas veces cómo gracias a la Unción de los Enfermos había recuperado la salud.
—Eso lo dijo después que salió —acotó el P. Nieto—; pero es verdad que el Sacramento de la Unción también es para la salud del cuerpo, si le conviene. Esto se lo decía yo muchas veces a mis feligreses cuando estaba en la parroquia, tanto que tenía que detener a la gente pues me lo pedía antes de tiempo.
Al oírle hablar en estos momentos se olvidaba uno de ese P. Nieto que hacía unos minutos, sentado en el sillón y adormilado, parecía no tener fuerzas para nada, ni para hablar. Cuando me despedí de él se fue a la capilla y tuvo que insistir después el H. Enfermero para que fuese a comer.
Por la tarde, hablando con él, me dijo que todo estaba en regla, que el dinero de los pobres estaba bien anotado: lo que había venido, lo que se había repartido y lo que quedaba aún, y quería ya darme la libreta en la que tenía todo anotado.
Me dijo también que todas las misas estaban dichas y que sólo le faltaban dos que diría los dos días siguientes.
Después me dijo que iba a confesarse con el P. Páramo, que podía recibir los sacramentos en la capilla de Comunidad para que no tuvieran que molestarse subiendo a la Enfermería y que después podía quedarse allí, toda la noche, en la capilla con el Señor.
Creímos más conveniente que no bajase de la Enfermería para que no se cansase al andar y, sobre todo, para que no cogiese frío. Y, por supuesto, ni pensar en pasar toda la noche en la capilla.
A las nueve menos cuarto de la tarde acudía la Comunidad a la capilla de la Enfermería. Acababa de preguntarle el H. Enfermero si quería decir algo al final y dijo que pensaba decir unas palabras al principio para prepararnos.
El P. Nieto estaba sentado junto al altar. Una vez que nos reunimos todos, nos empezó a hablar como nos había hablado tantas veces. Su voz era más apagada, aunque en algunos momentos volvió a resonar su voz enérgica. Hemos procurado recordar, con la mayor exactitud posible, sus palabras:
—Voy a recibir los Sacramentos. No se trata de que haya un peligro inmediato de muerte; el médico dice que no hay peligro inmediato y que puedo curarme, pero ya saben cómo tengo el corazón, y por el peligro que hay voy a recibir los Sacramentos de la Unción de los Enfermos y el Viático.
Y lo que les puedo decir es que, en estos momentos, tengo gran paz y alegría; la muerte no es una desgracia sino una gracia de Dios para unirnos más a Cristo. Yo, siendo sacerdote, entré en la Compañía para apartarme más del mundo, no para dejar de trabajar por el mundo, sino para vivir más unido a Cristo y trabajar más por Él.
Sólo tengo una pena: no haberme entregado más a Cristo y haber puesto obstáculos a que Dios realizase el plan que tenía trazado sobre mí. Y lo que le estoy pidiendo al Señor estos días es que, ya que Él lo puede hacer, que lo que yo no he hecho lo haga Él y que llene mi vida; y que el tiempo que me queda de vida, los días o los años, lo que el Señor quiera, viva más unido a Cristo.
En estos momentos se ve muy claro que lo único que vale la pena es entregarse a Cristo y que los sufrimientos y sacrificios de esta vida no son nada en comparación con lo que nos da Cristo. Y si nos diésemos cuenta de esto nos entregaríamos más a Él. A un obrero a quien le ofreciesen, de una parte, diez mil pesetas y, de otra, diez millones, ¿qué escogería? Pues Cristo nos da mucho más que todo lo que puede ofrecer el mundo.
Lo que pasa es que nos fijamos mucho en lo que dejamos y no nos fijamos tanto en lo que nos espera. Cuando uno ha vivido y tratado con Cristo no comprende cómo le pueden abandonar tantos sacerdotes y qué pueden encontrar fuera de Él.
Muero muy contento en la Compañía de Jesús. Pidamos mucho por la Iglesia y por la Compañía ahora que se prepara para la Congregación General. Que vivamos más unidos a Cristo. Es necesario trabajar, son necesarias las reuniones y los estudios, eso está bien, pero si no nos unimos más a Cristo por la oración, todo eso no vale nada. Amemos a Cristo y vivamos más unidos a Él.
Recibió sentado la Unción de los Enfermos, pero en el momento de recibir al Señor se levantó y se puso de rodillas. Después se volvió a sentar y allí, al lado del altar, permaneció largo rato.
Aunque, como decía más arriba, él quería pasar toda la noche con el Señor en la capilla, se resignó a retirarse a acostar. Ya hacía algunos días que por las noches, al despedirse, se acercaba al altar y, de rodillas, tocando con la mano el sagrario, le decía:
—Hasta mañana, Señor; si quieres puedes llevarme esta noche, como tú quieras, Señor.
Aquella noche su despedida fue aún más íntima, porque su encuentro con el Señor podía estar muy cerca.
A partir de ese día, fuera del tiempo de descanso, que seguía siendo breve, pasaba casi el día entero en la capilla y era más frecuente verle así, pegado al Sagrario.
Resultaba difícil encontrarle en su cuarto, por lo que no tuve más remedio que visitarle en la capilla y allí hablar con él. A veces se encontraba cansado y sin fuerzas.
—No sé si voy a cumplir los ochenta —me decía.
La espera confiada del encuentro con el Señor
Y eso que faltaba poco. Le costaba mucho recuperar el apetito. Era el campo de batalla entre el H. Enfermero y él. El H. Enfermero le insistía sin descanso y él decía que hacía todo lo que podía por comer, pero que no podía más.
Más de una vez me dijo:
—El H. Enfermero y yo reñimos a veces, todo por la dichosa comida, pero sin ofender a Dios, y somos muy buenos amigos y nos entendemos muy bien.
Efectivamente, se entendían muy bien y entre los dos reinaba un ambiente de confianza y de humor.
Cuando le iba a acostar, el H. Enfermero le decía humorísticamente:
—Cuatro angelitos tiene mi cama…
El P. Nieto le cortaba siempre:
—Carísimo, ame mucho a Jesucristo.
Y cuando al despedirse le deseaba que soñase con los angelitos, él se reía con aquella risa grande y franca.
Un día, al arreglarle el cuarto, le preguntó qué era aquello. Era la disciplina, y para qué servía. El P. Nieto le contestó:
—Carísimo, si quiere una, se la busco en seguida.
El sábado, día 6, por la tarde, el H. Enfermero dudaba de ir a Santander a acompañar al P. Ministro, como todos los sábados. El P. Nieto le dijo que cómo le iba a dejar solo a él y a otro Padre enfermo esos días.
Entonces el H. Enfermero formó un consejo en la Enfermería para decidirlo. En la reunión, a la que asistieron el P. Nieto, el H. Castillo y el H. Herreras, decidieron que el P. Ministro ya no lo necesitaba tanto y, en cambio, sí era necesario en Comillas.
El P. Nieto tenía que tomar bastantes medicinas y le indicó al Hermano que le diese por escrito lo que tenía que tomar en cada momento. Como el H. Enfermero se las daba cada una a su tiempo, no se preocupó de dárselo por escrito.
Se lo volvió a recordar varias veces y, por fin, al llevarle la medicina que tenía que tomar, le dijo:
—Carísimo, hasta que no me traiga la lista, no tomo ninguna medicina.
A los dos minutos ya estaba de nuevo en su cuarto con la lista completa de todas las medicinas, y los dos celebraron el incidente riéndose.
Por la tarde le pregunté qué había sido lo de la huelga de las medicinas y él se reía.
Al H. Enfermero, que no le había conocido hasta ese curso, le llamaba extraordinariamente la atención este humanismo. Junto con esto, lo que más le impresionaba era la naturalidad con que hablaba de Dios.
—Es imposible hablar con él sin hablar de Dios.
Y también las pocas devociones particulares que tenía:
—Jesucristo lo es todo para él; se pasa horas y horas en la capilla hablando con Jesucristo.
Gracias a los cuidados, mejoró bastante. Empezó de nuevo a bajar a la oración comunitaria. Al verle caminar por el tránsito con su paso lento e inseguro, le dije un día al H. Enfermero, recordando la obra de Casona:
—Los árboles mueren de pie.
El cinco de abril cumplió los ochenta años. Le decíamos que tenía que mirar hacia los noventa, pues aún tenía mucho que hacer en la Iglesia, en la Compañía y con los sacerdotes. La mejoría continuaba y parecía que el peligro iba desapareciendo.
El P. Nieto, sin embargo, seguía pensando que su muerte podía estar muy próxima y se preparaba para celebrar la Semana Santa con plenitud.
—Hasta la pasión —me decía— es fácil seguir a Cristo, pero cuando llega la pasión nos echamos atrás.
El Domingo de Ramos celebró la Eucaristía. Él decía, con su humor, que no había acortado nada, que había leído la Pasión entera y que había escogido el Canon Romano; y añadía sonriendo:
—Y no he suprimido ningún santo, para que no se me enfade ninguno.
Al decirle que era mejor que dijese la misa sentado para no fatigarse, me decía que no era necesario y que quería estar de pie acompañando al Señor.
El martes santo vinieron los sacerdotes de la zona a hacer su retiro mensual. Preguntaron muy interesados por la salud del P. Nieto, que tantas veces les había dirigido el retiro en años pasados. Algunos pensaban subir a visitarle en la enfermería.
Pero cuál no sería su sorpresa cuando, al final de la comida, se abrió la puerta del comedor y apareció el P. Nieto. Como reacción de sorpresa y de alegría le recibieron con el canto de «¡Resucitó, resucitó!», que alguien inició y todos siguieron como un solo hombre.
El P. Nieto acogió el saludo y la broma con su sonrisa y se sentó entre ellos.
Le invitaron a que les dijese algo y, aunque al principio se resistía, pronto cedió. Les habló del sacrificio y de que en el sacrificio hay más alegría que en las satisfacciones humanas.
Después, en un diálogo breve, uno le dijo:
—Hoy predicamos mucho, pero nadie nos hace caso.
A lo que el P. Nieto contestó:
—¿Y qué importa que no os escuchen? Predicad sin descanso; tampoco a Cristo le escucharon.
Y al final se despidió de ellos con estas palabras, que parecían un último mensaje:
—Decid a los pecadores que Dios les quiere mucho; odia el pecado, pero ama inmensamente al pecador.
Jueves Santo: la víspera del encuentro definitivo
El Jueves Santo celebró la Cena del Señor en la enfermería. Para el P. Nieto era la última cena eucarística.
A las once y cuarto de la noche el H. Enfermero fue a su cuarto para ayudarle a acostarse. Como todas las noches, ya en la cama, besó la imagen de la Virgen y dio los tres besos al crucifijo.
Cuando se iba a retirar el Hermano Enfermero notó que el P. Nieto empezaba a tiritar como si tuviese frío. Le arropó bien, pero no desaparecía la tiritona; más aún, enseguida empezó a sentir dolor y a tener dificultad en la respiración.
El P. Nieto cayó en la cuenta de la gravedad de lo que le ocurría e inició un coloquio con el Señor, uniéndose a su Pasión.
Un poco antes de la una me llamó el H. Enfermero. Encontré al P. Nieto en la cama, como agarrotado, pero hablando sin cesar en una oración ininterrumpida.
Repetía una y otra vez:
—Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya.
Y algunas veces añadía:
—Lo que tú quieras; si quieres hoy, hoy; si quieres mañana, mañana; cuando tú quieras.
También decía:
—Señor, perdóname mis pecados.
Y repetía la oración ignaciana:
—Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Os ofrezco mi vida, os ofrezco mi muerte, os ofrezco mi eternidad. Os lo ofrezco todo por la Iglesia, por los sacerdotes, por todo el mundo.
Quería que le incorporásemos cada vez más para encontrar algún alivio y poder respirar mejor. Seguía sintiendo frío; cuando el H. Enfermero le destapaba para ponerle una inyección, repetía:
—Tápame, tápame.
Lo mismo cuando le cogía la mano para controlar el pulso.
Inmediatamente continuaba su oración.
La agonía y el tránsito al Padre
Hablaba con voz fuerte y se podía seguir perfectamente su oración ininterrumpida. A veces repetía jaculatorias en latín; otras, en español:
—José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Le indicamos que no se esforzase para no fatigarse.
—Si es mi único alivio —contestaba— decirle al Señor que le ofrezco mi vida y que estoy a su disposición para que Él haga como quiera.
Hablaba con un ritmo normal, más bien rápido. En aquellos momentos, al verle con tanta energía, yo no caía en la intensidad del dolor que estaba sufriendo. Sólo después, cuando supe la intensidad de la embolia pulmonar, comprendí mejor el sentido de aquella oración que sostuvo hasta el final.
Comprendí entonces mejor su insistencia en repetir las palabras de Cristo en la Pasión:
—Padre, si es posible, pase de mí este cáliz.
Y también su abandono total al añadir una y otra vez:
—Pero no se haga mi voluntad sino la tuya.
Y su aceptación plena de la voluntad de Dios:
—Si quieres hoy, hoy; si quieres mañana, mañana; cuando tú quieras, Señor.
Avanzando la madrugada, y estando aún en plena lucidez, con un ritmo más lento, dijo:
—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
No recuerdo si dijo algo más, pero muy poco después quedó inmóvil y tenso; su rostro empezó a cambiar de color, torció la cabeza hacia la derecha y arrojó un poco de sangre.
Eran las dos de la madrugada cuando terminó aquella vida consagrada a Dios sin reservas, hasta el último minuto.
Crónica del P. Avelino Quijano, Rector del Seminario Pontificio de Comillas, recogida en UNIÓN FRATERNAL, Últimos días y muerte del P. Nieto, Universidad de Comillas, Enero 1975, que puede consultarse en PDF aquí.