3. Tras los pasos del Cura de Ars
Primeros años sacerdotales al servicio de Dios y las almas

Los primeros pasos del joven sacerdote
Ordenado sacerdote en 1920, Manuel García Nieto recibió su primer destino como coadjutor de Cantalapiedra. Allí comenzó un ministerio marcado por la cercanía a las personas, la predicación y la atención espiritual de los fieles. Pronto se ganó el afecto del pueblo por su sencillez, su disponibilidad y su profunda vida interior. Además de colaborar en la parroquia, dedicó tiempo a la formación de jóvenes y mantuvo una estrecha relación con la comunidad de clarisas fundada recientemente en la localidad.
Un sacerdote de oración y caridad
Quienes le conocieron en aquellos años recuerdan especialmente sus largas horas ante el Sagrario. Su amor a la Eucaristía era tan evidente que muchos comenzaron a llamarle «el cura que siempre está en la iglesia». La oración ocupaba el centro de sus jornadas y alimentaba toda su actividad pastoral.
Esa unión con Dios se traducía en una extraordinaria caridad hacia los más necesitados. Visitaba a enfermos y pobres con frecuencia, compartía con ellos lo poco que poseía y procuraba aliviar discretamente sus necesidades. Vivía con austeridad y desprendimiento, convencido de que el sacerdote debía reflejar el amor de Cristo hacia los más débiles.
Santa María de Sando, una misión fecunda
En 1922 fue destinado a Santa María de Sando, una pequeña parroquia donde desarrolló una intensa labor evangelizadora. Impulsó la catequesis, fomentó la vida sacramental, promovió vocaciones y revitalizó la práctica religiosa del pueblo. Su ejemplo de oración, sacrificio y entrega transformó profundamente la comunidad.
Cuando en 1926 dejó la parroquia para ingresar en el noviciado de la Compañía de Jesús, muchos feligreses lloraron su marcha. Había dejado una huella imborrable en quienes habían descubierto en él a un auténtico pastor de almas.