9. «Si el grano de trigo no muere…»
El ocaso luminoso de una vida santa y entregada

La prueba de la renovación eclesial
La crisis que atravesó la Iglesia en los años sesenta y setenta alcanzó también al Seminario de Comillas. El Padre Nieto, cuya santidad era reconocida por todos, se vio cuestionado en algunos de sus métodos y expresiones espirituales. Sin embargo, su profunda fidelidad a la Iglesia y su vida interior le permitieron acoger el Concilio Vaticano II con espíritu de obediencia y confianza. Ante las dificultades, respondió con más oración, humildad y entrega, convencido de que toda renovación debía nacer de una mayor unión con Dios.
El desprendimiento y la última misión
El progresivo cambio del ambiente de Comillas le llevó a aceptar con serenidad la pérdida de algunas de las tareas que habían marcado toda su vida, especialmente la dirección espiritual de los seminaristas. Cuando las Facultades fueron trasladadas a Madrid, comprendió que había llegado el momento del relevo. Lejos de considerarlo un fracaso, ofreció esta nueva renuncia como un acto de amor a Dios y permaneció en Comillas al servicio de la comunidad jesuita, ejerciendo su ministerio con sacerdotes, religiosos y seglares que acudían a él buscando consejo y orientación espiritual.
Un final entregado a Cristo
Durante sus últimos años, debilitado por la enfermedad, mantuvo intacta su vida de oración y su celo apostólico. Continuó celebrando la Eucaristía, confesando, dirigiendo Ejercicios espirituales y atendiendo a cuantos acudían a él. Su habitación y la capilla fueron los lugares donde transcurrió aquel final lleno de intimidad con Cristo. Preparado para la muerte, recibió los últimos sacramentos con profunda paz y confianza, ofreciendo su vida por la Iglesia y la Compañía de Jesús.
El Padre Nieto murió el 13 de abril de 1974, Sábado Santo. Su funeral reunió a numerosos obispos, sacerdotes y antiguos alumnos, que reconocieron en él a un auténtico hombre de Dios. La impresión general quedó resumida en una frase repetida por quienes le conocieron: «Era un santo».