2. Abrazado a la cruz de Cristo
El camino de la cruz y el amor

La renuncia de sí mismo por amor a Cristo
La vida espiritual del Padre Nieto estuvo marcada por una profunda abnegación, inseparable de su intensa vida de oración. Siguiendo la espiritualidad de san Ignacio, entendía que la verdadera oración debía traducirse en renuncia, sacrificio y entrega. Sin embargo, su austeridad no nacía de un desprecio del mundo ni de una actitud rigorista, sino de un amor apasionado a Cristo crucificado. Él mismo solía repetir que, mientras Cristo hubiera muerto en la cruz por amor a los hombres, no podía buscar para sí una vida cómoda.
Esta actitud se reflejaba en una notable indiferencia ignaciana ante la salud o la enfermedad, la vida o la muerte, el éxito o el fracaso. Soportó numerosas dolencias físicas con serenidad y veía la muerte no como una desgracia, sino como el encuentro definitivo con Cristo. Del mismo modo, vivió con radicalidad la pobreza religiosa. Utilizó durante años los mismos objetos personales, evitó cualquier comodidad innecesaria y todo cuanto recibía lo destinaba a los más necesitados.
Humildad profunda y dominio de sí mismo
Otro rasgo sobresaliente de su vida fue la humildad. Huía de cualquier reconocimiento y aceptaba con naturalidad correcciones, humillaciones e incluso desprecios. Quienes le conocieron destacan que vivía completamente desprendido de la opinión ajena y que se consideraba sinceramente un pecador necesitado de la misericordia de Dios. Sus escritos personales muestran una constante actitud de arrepentimiento y confianza en el perdón divino.
Aunque poseía un temperamento fuerte, trabajó incansablemente para dominarlo. Era exigente consigo mismo, pero extraordinariamente comprensivo con los demás. Quienes trataron de cerca con él recuerdan su amabilidad, su humanidad y su capacidad para acoger a todos con paciencia y afecto. A ello se unía una obediencia ejemplar, vivida como expresión de abandono total en la voluntad de Dios. Aceptó con generosidad los destinos, responsabilidades y cambios que le fueron confiados a lo largo de su vida, convencido de que la obediencia era camino seguro de santidad.
La cruz como programa de vida
La Santa Misa ocupaba ya entonces un lugar central en su vida. La escuchaba con gran devoción y jamás quería faltar a ella, ni siquiera cuando debía ayudar en las labores del campo. Preparaba con esmero sus comuniones y experimentaba una intensa cercanía con Dios.
Toda esta renuncia interior se manifestaba también en una intensa penitencia exterior. Sus largas horas de oración de rodillas, el escaso descanso, los ayunos, las mortificaciones corporales y la austeridad de su modo de vivir fueron recordados por quienes le conocieron. Sin embargo, estas prácticas no constituían un fin en sí mismas. Eran la expresión visible de un deseo más profundo: parecerse cada vez más a Cristo crucificado. La cruz fue el lema de toda su vida y el signo de un amor que buscaba responder, con generosidad sin reservas, al amor recibido de Dios.