1. Las raíces
El origen de una vocación extraordinaria

El Padre Manuel García Nieto nació el 5 de abril de 1894 en Macotera, una villa salmantina marcada por una intensa tradición religiosa. La vida espiritual de la localidad giraba en torno a la parroquia de Nuestra Señora del Castillo y a la ermita de la Virgen de la Encina, centros de una fe que dio abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas a lo largo del siglo XX. En este ambiente cristiano arraigaron las primeras semillas de la vocación y santidad del futuro jesuita.
Sus padres, Juan García y María Antonia Nieto, eran humildes y honrados labradores. Manuel fue el menor de nueve hermanos. Cinco murieron siendo muy pequeños y él apenas tenía tres años cuando falleció su padre, algo que marcó profundamente su infancia. Criado principalmente por su madre, vio además cómo algunos de sus hermanos emprendían pronto el camino de la vida religiosa: Ramón ingresó en el Seminario y dos de sus hermanas entraron en las Hijas de la Caridad.
Los primeros signos de una vocación
Durante sus primeros años asistió a la escuela de párvulos dirigida por las Hijas de la Caridad, donde destacó por su buena conducta. Más tarde continuó sus estudios en las escuelas nacionales, ganándose igualmente el aprecio de maestros y compañeros. Su carácter era reservado, responsable y profundamente religioso.
Ya desde niño mostraba una inclinación especial hacia las cosas de Dios. Le gustaba jugar a celebrar la Misa utilizando ornamentos de papel confeccionados por él mismo. En una ocasión manifestó su deseo de ser jesuita, una aspiración que acabaría cumpliéndose años después.
El deseo de la santidad
Los recuerdos autobiográficos del propio Padre Nieto revelan una infancia marcada por una intensa vida interior. Desde muy pequeño sintió una profunda atracción por la oración, la Eucaristía y la vida de los santos. Asistía diariamente a Misa y se preparaba con esmero para recibir la Comunión.
Años después recordaría cómo ya entonces se había instalado en su alma un deseo constante de santidad. Soñaba con entregarse por completo a Dios, vivir oculto y dedicar toda su existencia a su servicio. Aquellas intuiciones infantiles fueron el comienzo de una vocación que habría de fructificar extraordinariamente con el paso de los años.