6. La guerra
La santidad forjada entre cárceles, peligros y privaciones

La prueba de la persecución
El estallido de la Guerra Civil sorprendió al Padre Nieto en Comillas, donde desarrollaba una intensa labor de formación espiritual. El Seminario quedó en zona republicana y pronto fue ocupado por milicianos. Mientras muchos se preguntaban qué sería de los religiosos y seminaristas, él afrontó aquellos acontecimientos con una serenidad profundamente sobrenatural. Recorrió los pasillos alentando a todos, animándolos a confesarse y a confiar plenamente en Dios. Antes de abandonar la casa, consumió con varios seminaristas las formas consagradas para evitar cualquier profanación del Santísimo.
Tras el asalto a la Universidad, fue conducido junto a otros jesuitas a Santander. Allí comenzaron meses de incertidumbre, privaciones y peligro constante. Sin embargo, lejos de abatirse, convirtió aquella situación en una nueva ocasión para servir a Cristo y a las almas.
Apóstol en tiempos de guerra
Durante la persecución religiosa en Santander, el Padre Nieto desplegó una actividad verdaderamente heroica. Vestido de paisano para evitar sospechas, recorría la ciudad buscando alojamiento, alimentos y ayuda para los seminaristas dispersos. Más aún, se convirtió en sostén espiritual de muchos sacerdotes, religiosos y laicos que vivían ocultos o atemorizados.
Especialmente intensa fue su dedicación al sacramento de la penitencia y a la distribución clandestina de la Eucaristía. Organizó una red discreta para llevar la comunión a numerosos hogares, afrontando riesgos continuos. Su fortaleza nacía de una profunda unión con Cristo crucificado. La oración prolongada, la penitencia y el amor a la Eucaristía alimentaban una entrega que impresionaba a cuantos le trataban. Muchos llegaron a considerar milagroso que pudiera moverse con tanta libertad sin ser detenido.
Fidelidad hasta el final de la prueba
A comienzos de 1937 logró salir de Santander y refugiarse en Vizcaya. Allí continuó atendiendo a sus seminaristas, ayudándoles material y espiritualmente. Emitió finalmente sus últimos votos en la Compañía de Jesús y renovó su deseo de santidad con una determinación aún mayor.
Ni las enfermedades, ni las incomodidades, ni las oportunidades de ponerse a salvo lograron apartarle de su misión. Cuando Bilbao cayó en manos nacionales, se puso inmediatamente a disposición de sus superiores, deseoso de regresar a Comillas y reanudar la formación de los futuros sacerdotes. La guerra había puesto a prueba su fe y su fortaleza, pero también había revelado con claridad la hondura de una vida enteramente entregada a Dios.