La mística del Padre Nieto
El camino interior de un alma enamorada de Cristo

Una oración de profunda unión con Dios
¿Qué clase de oración tenía el P. Nieto? Detrás de aquellos increíbles comportamientos externos —sobre todo ante el Sagrario— tenía que encerrarse un gran misterio. Uno nos ha hablado de «oración habitual». Otro nos decía:
«Recibió de Dios el carisma de una devoción tiernísima a la sacratísima Humanidad del Señor en una línea semejante a la de Santa Teresa de Jesús».
Y añade:
«De seminarista me impresionaba su figura, que yo consideraba de asceta riguroso. He cambiado de opinión: el P. Nieto vivía una vida de elevada mística. Sólo así puede explicarse, entre otras cosas, su clásica postura: arrodillado horas y horas sin apoyatura alguna ante el Sagrario, el que sufrió derrame sinovial en ambas rodillas».
«Tanto como hemos escrito sobre el P. Nieto sus dirigidos —reflexiona uno de ellos—, y yo creo que nos hemos quedado en la periferia de lo exterior, sin llegar a desvelar algo siquiera de aquella su vida íntima de trato amoroso con Dios, de lo que pasaba entre Dios y su alma durante aquellas sus tan largas e intensas horas de oración. Tengo para mí que el P. Nieto fue un gran místico, en el sentido pleno de la palabra. En premio, sin duda, a su esfuerzo ascético, de todos conocido, y a aquella su total entrega a Dios, Dios le favoreció con el don de la oración infusa, de la que salía ungida toda su predicación, que, de otro modo, no se puede explicar».
Las luces de una experiencia mística
Este convencimiento tan extendido sobre lo extraordinario o auténticamente místico de la oración del P. Nieto encuentra su confirmación en el Diario espiritual del mes de Ejercicios de 1937. Atendamos a unos cuantos de esos textos que se refieren a fenómenos místicos.
En la contemplación de la mirada de Jesucristo a San Pedro después de las negaciones, escribe:
«He sentido tu mirada sobre mí, mirada de fuego que me ha abrasado un rato largo; mirada que me unía a Ti y que me hacía amarte con un acto de amor intenso, profundo, continuo. Era mirada que me parecía que me hacía pasar por vuestra sacratísima Humanidad, como por un puente de luz, para allegarme a la Divinidad. Me parecía, Jesús mío, hallarme muy cerca de vuestra Divinidad y que Vos, Dios mío, estabais muy cerca de mí. Que me queríais meter en la esfera pequeña, inmoble, donde Vos moráis en vuestro ser, según yo os concibo…»
Así se expresa en la contemplación de la flagelación y desprecio de Herodes:
«Empecé contemplando los dolores y afrentas de vuestra Humanidad sacratísima, pero al poco rato, Jesús mío, aun a pesar mío, que quería veros humillado y dolorido para adentraros en mi corazón, os acercasteis mucho a mí con vuestra Divinidad y os sentía junto a mí y me encendía en actos de amor, y me disteis un deseo vehemente de aprovechar la ocasión de estar tan cerca de Vos para negociar con Vos mis deseos de perfección».
En el ¡Crucifícalo, crucifícalo!:
«Os contemplo con devoción en vuestra Humanidad adorable, y cuando se va llenando mi alma de unión viéndoos, como si se rompiera una pared de cristal finísimo o se rasgara un velo de luz cretácea, desaparece de mi imaginación vuestra imagen y me llena el alma una luz difusa, que está dentro y está fuera de mí…»
Y en la aplicación de sentidos sobre la flagelación, coronación de espinas y Ecce homo:
«Me disteis una luz muy clara que me hacía ver cómo era más delicado veros con los ojos del entendimiento, y hablaros con silencio solamente, con dejar el alma abierta a vuestros ojos. Y me disteis una luz grandísima, pero suavísima, que me recordaba una casa que vi, en donde me dijeron que había, en espacio reducido, 6000 luces y ninguna se veía, pero era un ambiente todo de luz, como si todas las cosas fueran luminosas, a modo de cuerpos gloriosos. Una luz así sentía yo en mi alma, más grande y más suave que otras veces, que impulsaba a una quietud sumamente obrada, porque me parecía que todas las partículas de mi ser os veían y os hablaban y os amaban, y todo esto sin violencia. Y sentía cómo crecían en mí la fe y la esperanza y la caridad, y hacía un acto intensísimo, pero suavísimo, de confianza, vaciándome de todo mi ser por arrojarme en Vos».
Añadamos todavía otro texto, relativo éste a la meditación sobre el misterio de la resurrección de Cristo:
«Vos, Jesús mío, derramando luz suave en mi espíritu. Por medio de un enjambre de pensamientos voy pasando, siguiendo el rayo de luz que me enviáis hasta lo más hondo de mi ser, hasta el fondo de mi corazón. Me dais una luz sobre mi conciencia tan clara y tan suave como nunca otra vez la he tenido. ¡Cómo se levanta de mi corazón una nube de pensamientos avivados por un deseo muy metido en el alma! También me habéis dado esta mañana en la santa Misa varias luces muy grandes. Una sobre la caridad con todos los hombres, pero muy señaladamente con los de la Compañía. ¡Están éstos tan cerca de Vos! He visto también con mucha alegría cómo cuánto más lucho por salir de mí e ir a Vos, más dentro de mí me encuentro; y es que Vos estáis más dentro de mí que yo, o que yo no estoy en mí sino cuando estoy en Vos. Cuanto más me decido a hacerme la guerra, más en paz me encuentro; que cuanto más me renuncio, más me poseo».
¿Quién podría negar que estas vivencias del P. Nieto son auténticos dones místicos? Diríamos que en ellas alientan todos los símbolos, todos los sutiles mecanismos de las experiencias y revelaciones místicas, tal como los grandes maestros de la espiritualidad y los propios místicos las presentan.
Tampoco podemos dejar de mencionar, junto a la inefabilidad de las experiencias, una maravillosa potenciación de las facultades de expresión, totalmente inusuales en el P. Nieto. Diríamos que su pluma, tanto en estos textos como en los restantes de este Diario, se vuelve otra, llena de belleza y poesía, como guiada por una mano ajena.
Conocer, amar, vivir a Cristo
Las últimas palabras del Diario pueden servir también para concluir estas páginas sobre tan bello escrito. En ellas expresa el P. Nieto su amor a Cristo y su deseo de contagiarlo a los demás: «¡Si yo, Jesús mío —escribe— pudiera hacer que los hombres todos te conocieran, te amaran, te vivieran!»
Ese fue el resumen de la vida interior del P. Nieto: conocer, amar, vivir a Cristo.