5. Formando sacerdotes de Cristo
Comillas, escuela de santidad y formación sacerdotal

Llegada a Comillas
Al concluir sus años de formación, los superiores destinaron al Padre Nieto a la Universidad Pontificia y Seminario de Comillas, el gran centro de formación sacerdotal de la España de entonces. Corría el año 1929. Aquel nombramiento, que él recibió con humildad y cierta aprensión por considerarse poco preparado para una institución tan prestigiosa, marcaría definitivamente el rumbo de toda su vida. Lo que parecía un destino más se convertiría en su verdadera misión: formar sacerdotes para Cristo.
El impresionante conjunto de edificios que dominaba la costa cántabra sería durante décadas el escenario de su entrega. Llegó para ocuparse de la dirección espiritual de los seminaristas más jóvenes, pero pronto comenzó a destacar por la fuerza de su palabra, la profundidad de su vida interior y la autenticidad de su testimonio.
Formador y maestro espiritual
Desde los primeros ejercicios espirituales que dirigió dejó una huella profunda en quienes le escuchaban. Su predicación, ardiente y exigente, impresionaba por la convicción con que hablaba de Jesucristo, de la vida eterna y de la vocación sacerdotal. A muchos les parecía excesivamente exigente en sus ideales; sin embargo, en el confesionario mostraba una comprensión y una caridad extraordinarias.
Muy pronto pasó a ser director espiritual de filósofos, teólogos y canonistas. Multiplicó las pláticas, retiros, meditaciones y conversaciones personales. Cada noche preparaba a los seminaristas para la oración del día siguiente, insistiendo incansablemente en la fe, la vida interior y la fidelidad al deber cotidiano. Quienes convivieron con él comenzaron a verle como un auténtico hombre de Dios, cautivados tanto por sus palabras como por su ejemplo de oración, penitencia y entrega.
Corazón de Jesús, María y entrega total
La espiritualidad del Padre Nieto giraba en torno a Jesucristo. Difundió con entusiasmo la devoción al Sagrado Corazón y promovió entre los seminaristas la adoración eucarística, las horas santas y la reparación. Del mismo modo inculcó un profundo amor a la Virgen María, convencido de que la auténtica devoción mariana debía conducir siempre a una vida más plenamente cristiana y sacerdotal.
Mientras España atravesaba años de creciente inestabilidad política y religiosa, él permanecía centrado en su misión. Nada parecía distraerle de la formación de los futuros sacerdotes. Su vida, enteramente orientada al Sagrario, irradiaba una santidad que todos percibían. En Comillas encontró el lugar que la Providencia le había reservado y desde allí comenzó a ejercer una influencia espiritual que perduraría mucho más allá de aquellas aulas y generaciones.